Lyndon Poskitt y Races to Places: El libro

La mayoría de la gente encaja la aventura en los huecos de su vida cotidiana.

Lyndon Poskitt prefirió meterle un martillazo a lo «normal» y dejar que la aventura se encargara de la reforma: el barro, las carreras y el caos pasaron a ser su jornada de nueve a cinco.

Tras construir una moto desde el primer tornillo y bautizarla como Basil (en honor a su abuelo), Lyndon la encaró hacia el mundo. ¿El resultado?

Si alguna vez has caído en la madriguera de YouTube de Races to Places, ya te sabes las cifras de portada: 245.000 km, 74 países, 11 carreras y una serie de vídeos que acumula millones de reproducciones. También conoces el «cómo»: salidas de rally, pasos fronterizos, averías y ese tipo de cabezonería obstinada que te lleva hasta el Rally Dakar… y de vuelta.

Lo que quizá no sepas (hasta que leas su nuevo libro, Races to Places) es el «quién».

Lyndon Poskitt and Races to Places: the Book

«La vida es un caos. La aventura también».

El libro de Lyndon nos ha sorprendido —en el mejor sentido posible— porque se niega en rotundo a hacer el papel de «tío guay del Dakar sobre dos ruedas». Es crudo, humano y genuinamente vulnerable.

«Simplemente decidí no maquillar la realidad. Todos tenemos nuestras luchas, retos, relaciones y rollos en marcha, y mucha gente pasa por encima de eso», cuenta Lyndon. «Pero no tiene sentido esconder nada. La vida es un caos, la aventura también, y adornar las cosas u omitirlas me parecía falso».

Lyndon Poskitt and Races to Places: the Book

Esa honestidad asoma precisamente en las partes que la mayoría cortaría en la edición: que te estafen en Sudáfrica, la incómoda realidad de los patrocinios, los momentos en los que nada sale según lo previsto, la autocrítica más sincera… y el coste emocional de perseguir un sueño a fondo.

Lyndon lleva años mostrándose transparente en sus vídeos (incluido aquel célebre momento oscuro en el Dakar donde rompió a llorar de puro agotamiento). El libro recoge esa misma energía y la transforma en algo más reflexivo: no solo qué pasó, sino la huella que dejó en él.

Y no es vulnerabilidad gratuita: es la decisión deliberada de contar la historia tal y como se siente la vida real.

«A veces no entiendes el valor de un momento hasta que se convierte en un recuerdo. Solo tienes una vida y el ayer ya pasó. Hoy es el día que cuenta. Aprovéchalo al máximo: lo único que te frena eres tú mismo».

El ingeniero que se convirtió en narrador (y tres veces finisher del Dakar)

Antes de convertirse en «el tipo que dio la vuelta al mundo y compitió en todos los continentes», Lyndon era ingeniero.

Al terminar la carrera, entró en BAE Systems y su ascenso fue meteórico: a los 30 ya formaba parte de la dirección y gestionaba instalaciones de pruebas aerodinámicas en el Reino Unido. Vivió y trabajó en varios países. Sobre el papel, el típico plan de vida por el que se supone que debes estar agradecido.

Pero lejos de la oficina, llevaba compitiendo en moto desde los diez años —a través de siete disciplinas—, con el Rally Dakar como ese sueño sagrado que veía cada año por la tele. Hasta que, en 2013, un accidente de entrenamiento casi mortal le reseteó las prioridades.

Ahí fue cuando el viejo sueño dejó de ser un «algún día» y se convirtió en un plan: dar la vuelta al mundo, competir en los seis continentes habitados y documentarlo todo.

Lyndon lo llamó Races to Places.

La curiosidad como combustible

Una de las cosas inesperadamente brillantes del libro es su infinita curiosidad.

Lyndon no se limita a coleccionar kilómetros y medallas: colecciona el «porqué».

«El mundo es un lugar fascinante y quería compartirlo», dice. Por eso te encuentras con curiosidades tan extrañas como geniales (sí, incluyendo los plátanos de Centroamérica y la realidad tras la basura acumulada en las carreteras de Indonesia) conviviendo con lecciones aprendidas a base de golpes sobre fronteras, personas y lo que significa seguir en movimiento.

Por eso también es un libro que merece un público mucho más amplio que el del mundo del motor.

«Este libro no es solo para moteros; es para cualquiera a quien le atraiga la aventura y conocer el mundo; para gente curiosa; para cualquiera que sueñe con viajar por el planeta».

Un libro construido como el viaje: práctico, técnico y real

Lyndon quería que el libro fuese útil, no solo inspirador.

«También quería incluir toda la parte técnica —equipaje, puesta a punto de la moto, detalles mecánicos— para que la gente pueda aprender, quedarse con lo que le sirva y planificar sus propias aventuras».

Además, está diseñado para vivirse de dos maneras: puedes leerlo como una historia independiente o ir viendo el viaje sobre la marcha.

«Mi libro tiene dos formas de contar la historia: leerlo o ver los vídeos a través de los códigos QR; todo está entrelazado».

Una jugada clásica de Lyndon: mente de ingeniero combinada con instinto de narrador, dando con una solución práctica que hace la experiencia mucho más inmersiva.

Lyndon Poskitt and Races to Places: the Book

Lo más duro no fue escribirlo: fue darle forma a la verdad

El «porqué» vino primero.

«Lo primero que escribí fue el porqué; eso fue fácil», comenta Lyndon.

Luego vino el golpe de realidad con la magnitud del proyecto.

«Llevaba 40.000 palabras y todavía no había salido de Europa».

Probó con diarios. Notas de voz. Saltando de escena en escena, entre países, personas y comidas. Durante casi un año se peleó con la estructura, hasta que por fin se ciñó a una cronología y la llevó hasta el final.

Y entonces, tras el primer borrador, hizo algo que exige más agallas de las que muchos creen: volvió a entrar y lo hizo aún más honesto.

«Al releer mi propio libro tras el primer borrador, sentí que faltaban cosas… A menudo eran simplemente las dificultades reales, la cruda realidad, las emociones; así que las añadí».

El momento del bidón de aceite: cuando el sueño cambia de forma

Si sigues a Lyndon desde hace tiempo, sabrás que no se detuvo tras el viaje alrededor del mundo.

Corrió más rallies. Se mudó a España. Abrió una escuela de rally en Andalucía. Se casó. Tuvo un hijo. Se construyó un camión camper porque, al parecer, relajarse no está en su vocabulario.

Y entonces llegó el «momento del bidón de aceite», cuando Lyndon se encontró sentado en su garaje de España, desbordado por el estrés, asumiendo que la escuela de rally tenía que cerrar.

Pasar de recorrer el mundo y competir a gestionar un negocio fue una batalla completamente distinta.

«La parte de enseñar a la gente era increíble, pero me gusta hacerlo todo yo mismo… Abarco demasiado, contrato gente, mi perfeccionismo se mete por medio, todo se vuelve insostenible y peta», confiesa Lyndon. «Tengo que hacerlo todo yo mismo, hasta el punto de sentirme culpable si me tomo un respiro».

Es el tipo de confesión que cala hondo porque resulta familiar. No solo para los emprendedores, sino para cualquiera que alguna vez haya transformado una pasión en una obligación.

«Coge la moto que ya tienes».

Los consejos de Lyndon han madurado al mismo ritmo que su forma de narrar.

«Si tuviera que darle un consejo a mi yo más joven, sería que mantuviera el ego a raya. Antes estaba convencidísimo de que solo existía una moto perfecta o una única forma correcta de hacer las cosas… ¿Ahora? Si alguien me pregunta cuál es la moto ideal para una vuelta al mundo, le diría: la que ya tienes en el garaje».

Y es tajante sobre la trampa moderna de ver vivir a los demás mientras pospones tu propia vida.

«No dejes que las comparaciones en redes te hagan sentir pequeño. Disfruta de lo que tienes y del camino en el que estás TÚ. Siempre habrá gente diciéndote que lo estás haciendo mal o que "deberías" hacerlo de esta o de aquella manera. Hazlo a tu modo: es tu aventura».

Sigue rodando. Sigue viajando. Pero también tiene muy claras las etapas de la vida.

«Sigo queriendo viajar, me apasiona montar en moto, pero ya no quiero vivir en la carretera. Espero viajar más con mi familia, quizá enseñarles algunos de los lugares en los que estuve, especialmente en Sudamérica».

Y quizá la frase más demoledora y serena de toda la entrevista:

«He cumplido mi sueño; ahora toca pasarlo adelante».

Últimamente, Lyndon se plantea dar más charlas motivacionales: menos enfocadas en demostrar lo que es posible y más en ayudar a otros a lanzarse a por aquello que no dejan de posponer.

Las personas son el verdadero motivo

A pesar de toda la competición, la logística y los detalles técnicos, la mayor lección de Lyndon no tiene que ver con las motos.

«Fueron las personas del mundo las que más me moldearon. Aprendí a juzgar menos y a escuchar más».

Y ese es el hilo conductor que hace que Races to Places trascienda la típica historia de motos: es un auténtico libro de aventuras que, simplemente, involucra una moto y carreras.

«Las situaciones más duras de mi aventura fueron las que más me enseñaron sobre mí mismo».

El papel de Enduristan en esta historia

La relación de Lyndon con Enduristan arrancó en 2018, mientras preparaba otro Dakar. El equipamiento le convenció tanto que se convirtió en un patrocinio completo; con el tiempo, incluso ha colaborado directamente con nosotros en el diseño de producto.

Y eso importa, porque toda la filosofía de Lyndon es la antítesis del marketing postureo: usa lo que funciona, di la verdad y sigue tirando millas.

Precisamente por eso estamos tan orgullosos de tenerlo como embajador.

Si estabas esperando una señal

Si te acercas a Races to Places esperando un paseo triunfal, te vas a encontrar algo mucho mejor: una persona real contando la historia real.

No solo los kilómetros y las medallas de rally, sino las dudas, las curas de humildad, los momentos caóticos, las relaciones, las situaciones en las que el sueño está a punto de romperte… y aquellas en las que te devuelve la vida.

Así que aquí tienes tu permiso oficial (prestado de la propia trayectoria de Lyndon): no necesitas la moto perfecta, ni el plan perfecto, ni una versión perfecta de ti mismo.

Empieza con lo que tengas. Sé sincero con lo que buscas. Y cuando el camino te marque la dirección… síguelo.

¿Te has quedado con ganas de más Lyndon?