La hermosa incomodidad: por qué montamos en moto… y elegimos el camino difícil

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La vida moderna —al menos para quienes tenemos el privilegio de haber nacido en el llamado Occidente— está diseñada para transcurrir con la menor fricción humanamente posible.

Tu piso se mantiene exactamente a 21 °C gracias al termostato. El pedido de Uber Eats te llega en veinte minutos o menos. Si te equivocas de salida al volante, una voz educada pero incorpórea recalcula la ruta en menos de tres segundos. La cafetera escupe obedientemente el perfil exacto de café exprés que se te antoja, la aplicación de calendario te recuerda con pulcritud cada cita que habrías pasado por alto, y el chatbot de IA de tu elección te suelta cinco planes de vacaciones distintos en menos de un minuto.

Han limado cada arista afilada, asegurado cada riesgo y purgado meticulosamente de nuestra rutina cualquier atisbo de incertidumbre genuina. Google Maps calcula las horas punta, no solo las distancias; un comedero automático mantiene llena la tripa del gato si te toca quedarte hasta tarde en la oficina; ¿olvidaste comprar el regalo de cumpleaños de un amigo? Ni te preocupes, Amazon te salva el pellejo con entrega en 24 horas.

A eso lo llamamos comodidad. Seguridad. Paz.

Pero si pasamos demasiado tiempo atrapados en ese mundo tibio y acolchado con plástico de burbujas, algo vital empieza a morirse de hambre, aunque no sepamos señalar con el dedo qué es con exactitud.

Lo notas en ese dolor sordo detrás de los ojos tras ocho horas bajo tubos fluorescentes delante de una pantalla. Lo notas en esa extraña inquietud que surge cuando todas y cada una de tus necesidades físicas están cubiertas mientras el espíritu se queda completamente desocupado. Lo notas en una rara nostalgia por lugares que jamás has visto, personas que nunca has conocido y montañas que jamás has cruzado.

La cuestión es que la especie humana no fue diseñada para el confort perpetuo.

Fuimos hechos para los desafíos, las inclemencias del tiempo y el peso real de las consecuencias.

Fuimos hechos para explorar.

Y por eso montamos en moto.

The Beautiful Inconvenience: Why We Ride - And Choose the Hard Way

La divisa del sufrimiento

Para cualquiera que jamás se haya subido a una moto de aventura, lo que hacemos raya en la pura demencia.

Nos dejamos miles de euros para helarnos voluntariamente en puertos de montaña, cocernos dentro de chaquetas blindadas en ramblas desérticas y pelearnos contra bestias de 200 kilos atascadas en roderas de barro hasta que los antebrazos se acalambran y los hombros arden. Rompemos manetas bajo la lluvia, plantamos tiendas de campaña sobre grava a la luz de un frontal y comemos alubias tibias directamente de la hoja de una navaja mientras los guantes se secan sobre el tubo de escape. Sentimos orgullo al reparar una avería en la cuneta de una pista polvorienta, al aguantar ocho horas sobre el asiento bajo un diluvio implacable, o al forzar una moto del todo inadecuada por el lecho pedregoso de un río, sonriendo como auténticos maníacos cubiertos de roña y oliendo a gasolina y sudor.

Si le cuentas esto a alguien normal, inevitablemente te preguntará: «¿Por qué no te pillas un vuelo? ¿Por qué no reservas un hotel? ¿Por qué no vas por la ruta fácil?».

Y a la mayoría nos cuesta responder. Murmuramos algo sobre la naturaleza, los retos, la aventura… pero la respuesta es simple: porque la comodidad no deja recuerdos.

Si piensas en los viajes que de verdad cambiaron quién eres, jamás te acuerdas de esa autovía impecable de cuatro carriles con el control de crucero clavado a 120 km/h y un asfalto perfecto. Eso resbala por la memoria igual que la lluvia sobre un parabrisas recién encerado.

Lo que recuerdas con nitidez absoluta es aquel paso de montaña en los Pirineos donde el granizo cayó de la nada y tuviste que meter el cuerpo a la moto a ciegas para pisar asfalto tras un día entero negociando con la pista. Recuerdas el pinchazo en una pista ondulada del altiplano boliviano, sudando la camiseta térmica mientras forcejeabas para destalonar la rueda con dos desmontables oxidados. Recuerdas la zanja en los Balcanes donde aterrizaste sin querer, con las ruedas hacia arriba, y a los lugareños que te ayudaron a sacar la moto del barranco para luego invitarte a comer.

The Beautiful Inconvenience: Why We Ride - And Choose the Hard Way

Recuerdas lo difícil porque justo ahí, en el borde más deshilachado de tu zona de confort, es donde estás plena, innegable y completamente despierto.

La sagrada frontera del «Sin cobertura»

Hay un momento concreto que se repite en cada viaje de aventura que se precie —y no hablo solo de expediciones monumentales alrededor del globo; una semana recorriendo la TET o una simple jornada por una pista remota despierta esa idéntica sensación de… soledad perfecta.

Dejas atrás la última hilera de chalés. El asfalto se estrecha, se agrieta y, finalmente, cede el paso a la grava. La grava se convierte en dos roderas paralelas entre los pinos y, en algún punto, las barras del móvil caen a cero.

Y entonces, una calma rotunda se precipita a llenar ese espacio.

Sin pitidos. Sin notificaciones. Sin alertas de calendario. Nadie pidiendo una actualización, un informe o un comentario. Solo el pulso rítmico de un monocilíndrico resonando entre los árboles, el olor a tierra mojada y grasa de cadena, y la cruda realidad de la siguiente curva.

En ese silencio —aunque no te des cuenta de inmediato— comprendes que la autosuficiencia no es una pegatina molona ni una fantasía romántica: es una práctica física. Si la moto se cala, nadie va a venir a apretar el botón de arranque por ti. Si lees mal la rodada, la gravedad te cobrará su peaje sin demora. Tu seguridad, tu refugio y tu supervivencia están pura y exclusivamente en tus manos.

Y lejos de resultar aterradora, esa responsabilidad es la forma más pura de libertad que jamás vas a paladear.

Por qué montamos

Hay quien dice que el motociclismo de aventura es una forma de evasión. Tal vez; pero no montamos en moto para huir de la vida, sino para que la vida no se nos escape a nosotros.

Montamos para recordarle a nuestro cuerpo lo que es pasar frío, lo que es estar exhausto y cómo se siente esa gratitud abrumadora y serena que te da un jarro de hojalata con café solo al amanecer, preparado en un hornillo de acampada.

Lo hacemos para recordar que el mundo es descomunal, salvaje y profundamente indiferente a nuestros pequeños ataques de pánico digitales.

Lo hacemos para recordar el sobrecogimiento puro al contemplar la inmensidad de las montañas azules, el descubrimiento de un valle verde y olvidado que se abre a los pies de una pista solitaria de alta cota, y el estremecimiento de sentirse desaforada, incandescentemente vivo.

A veces montamos para descubrir de qué pasta estamos hechos.

A veces montamos para tantear nuestros límites.

Pero la mayoría de las veces montamos para recordar quiénes somos.

La máquina que espera en tu garaje no es solo acero, goma y cables. Es una compuerta de escape.

Así que antes de que las hojas caigan y la escarcha empiece a cubrir el suelo, gira la llave, deja atrás el asfalto, mete la rueda delantera en la tierra y sal a buscarte la incomodidad.

Y cuando vuelvas, cuéntanoslo.

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